Le dije a Eulalia que necesitaba ausentarme un rato, que la llamada era de un viejo amigo al que no había vuelto a ver desde que dejé mi antiguo hogar y que al parecer tenía algo urgente que comunicarme. De más está decir que Eulalia me animó a que me marchara sin problema, y a que si quería tomarme la tarde libre que lo hiciera. Se lo agradecí en el alma porque en realidad no sabía cuánto duraría esa repentina e inoportuna entrevista.
Cuando llegué al bar donde me esperaba mi suegro, noté cómo la adrenalina aumentaba mi ritmo cardíaco. Abrí la puerta y traté de entrar pero el escalón era demasiado alto y tuve que pedir que me echaran una mano para salvarlo. El padre de Lidia me miraba desde una de las mesas del fondo pero no se levantó, esperó a que me ayudaran otros. Su semblante era mucho más serio y avejentado de como yo lo recordaba y cuando me acerqué a él, después de agradecer la ayuda que me habían prestado para acceder al local, no quiso estrechar la mano que le tendí.
Lo primero que me dijo es que hacía ya quince días que sabía de mi paradero. Que tres meses atrás había contratado los servicios de un detective para que diera conmigo. Todo ello en acuerdo con mi madre, que era la que en esos momentos se estaba encargando de atender a Lidia y a mi suegra. Me explicó también que mi padre había fallecido semanas después de mi desaparición a causa de un ataque cardíaco, y que mi madre había estado muchos meses sumida en una profunda depresión de la cual se encontraba saliendo apenas ahora. En cuanto a Lidia, me dijo que continuaba totalmente trastornada por lo ocurrido y que todavía no se habían atrevido a comunicarle que me habían encontrado; primero porque deseaban saber las razones de mi desaparición, segundo porque necesitaban conocer cuáles eran mis propósitos para el futuro respecto a ella y, por último, debido al estado físico en el que me hallaba, ya que quedaron muy perplejos al verme postrado en una silla de ruedas y con problemas severos de audición, y antes de darle la noticia querían saber qué me había sucedido.
Seguidamente me mostró unas fotografías en las que aparecíamos Eulalia y yo paseando por el parque que quedaba junto a nuestra casa. Yo haciendo rodar mi silla y ella a mi lado, contándome algo en lenguaje de signos. Fotos que habían sido tomadas furtivamente por el detective, varios domingos atrás.
Entonces pasé a explicarme yo. Le dije que no sabía de qué me hablaba. Que no tenía la más remota idea de quién era esa tal Lidia. Que yo era una persona que había sufrido un accidente de tráfico hacía ahora algo más de un año, del que no podía recordar nada. Y que tampoco recordaba nada de mi vida anterior. Que lo único que sabía es que antes del accidente podía caminar y ahora no, por culpa de una lesión cerebral que además del uso de las piernas, me había privado de la memoria. Y que además me estaba quedando sordo, como bien podía comprobar por los problemas que estaba teniendo para entenderle, y que lo último que necesitaba una persona en mis circunstancias era que un desconocido viniera a complicarle la existencia.
Continuará...
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martes, diciembre 20, 2011
LA HUIDA (Parte 26)
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miércoles, noviembre 09, 2011
LA HUIDA (Parte 25)
A la vuelta, nos reincorporamos al trabajo casi de inmediato aunque aún faltaban varias semanas para que comenzara el curso. Decidimos dejar el tema de la boda aparcado por unos meses, ya que para poder contraer matrimonio yo debía divorciarme primero de Lidia, y eso era algo que por el momento no me apetecía hacer. No porque no quisiera verme libre de mi antigua relación ni porque no deseara unirme a Eulalia, sino porque era un trámite que me resultaba muy duro de afrontar. Así se lo expliqué a mi prometida y ella lo comprendió perfectamente, aunque en realidad no supiera las razones más íntimas por las que a mí me costaba dar ese paso.
Era tanta nuestra dicha que antes de que nos pudiésemos dar cuenta llegó septiembre y las clases dieron comienzo. En contra de lo que imaginé previamente, a casi ninguno de los chicos le llamó la atención que yo estuviera usando audífonos, lo tomaron como algo natural. Sólo una alumna de las más mayores me preguntó acerca de ellos y yo me limité a decirle lo que habíamos acordado con Eulalia. Su respuesta fue una simpática sonrisa y un gesto mostrándome los suyos propios, ocultos tras una bonita cabellera rubia.
Sin embargo, la felicidad de la que estábamos disfrutando habría de durarnos poco. Varios días después de que se iniciase el curso, recibimos una llamada en la escuela. La atendió Eulalia y me la pasó, pues preguntaban por mí. Cuando tomé el auricular y supe quién había al otro lado del aparato, me quedé de piedra. Por supuesto, debido a mi "problema" de hipoacusia la conversación no fue demasiado extensa, pero no pude rechazar la cita que me propuso mi interlocutor para entrevistarnos cara a cara.
Se trataba del padre de Lidia. Había dado con mi paradero y se encontraba en una cafetería a pocos metros de nuestro centro. Me dijo que no pensaba marcharse sin hablar conmigo. Yo estaba impresionado, casi paralizado, sentía algo parecido al miedo pero no pude negarme a verlo. Debía arreglar mis asuntos antes de que el tema trascendiera a Eulalia. O por lo menos debía tratar de ganar tiempo.
Por supuesto, muchas veces había pensado en la posibilidad de que mi familia o la de mi mujer terminaran encontrándome si es que en algún momento se les ocurría buscarme. Ahora ya lo habían hecho y debía enfrentarme a ello sin que mis fuerzas flaquearan.
Continúa...
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viernes, octubre 21, 2011
LA HUIDA (Parte 24)
Por la mañana, Eulalia quiso ayudarme en mi aseo. Era nuestro último día de vacaciones y dijo que quería mimarme como si fuera una madre para mí. Me hizo reír y le contesté que ya que no podía recordar a la mía, sus cuidados me iban a resultar encantadores. Mi novia entonces se puso seria y me dijo que lo sentía mucho. Yo le quité importancia con un gesto y me dejé hacer. Permití que me ayudara a transferirme de mi silla a la silla de la ducha, y que me enjabonara de arriba a abajo. Después de esto nos besamos. Ella también estaba desnuda y se sentó sobre mis piernas, que "por fin se habían relajado", e hicimos el amor.
Durante el almuerzo retomamos el tema de nuestros planes de matrimonio y aproveché para explicarle que yo, en realidad, ya estaba casado. Eulalia abrió unos ojos grises y enormes ante mi repentina confesión. Le dije que no se lo había contado antes porque, en primer lugar, no recordaba nada de ese matrimonio, y en segundo lugar no había encontrado el momento oportuno para revelárselo. Mi novia pareció algo decepcionada, pero enseguida hallé la manera de comprendiera mis motivaciones. Le conté que después de despertar del coma para mí todo estaba más que confuso. Que la gente que me rodeaba, es decir, mis padres, mis suegros, mi esposa, eran personas completamente extrañas para mí. Que pasé algún tiempo tratando de adaptarme a ellos, tratando de sentir algo por ellos, pero no lo lograba. Que no supe encontrar ningún vínculo que me uniese a esas personas que decían ser mi familia, ni ninguna clase de afecto.
-Yo continuaba en el hospital y ellos venían a diario, me contaban cosas de su rutina y de la que había sido la mía hasta el momento del accidente, y yo no sentía ningún apego hacia nada de lo que me explicaban, para mí era como si me estuvieran contando la vida de otra persona. Veía a mi esposa y no la conocía, era como si la primera vez que hubiese hablado con esa mujer hubiera sido el día en que salí del coma. Lo mismo me ocurría con mis padres y con los que decían ser mis amigos. Así pues, en cuanto abandoné el hospital y pude valerme por mí mismo, decidí comenzar una nueva vida. Ellos no lo comprendieron. Intentaron retenerme sirviéndose de los argumentos más pueriles, aunque totalmente comprensibles dada la situación: que una vida totalmente independiente iba a resultar muy difícil para mí, que yo debía estar donde mi familia estaba, etcétera. Sin embargo, sus charlas no obraron efecto. Yo no me consideraba un inválido, como ellos pretendían. Yo no sentía que esas personas fueran mi familia, como trataban de hacerme ver. Sé que tenían razón porque en verdad lo eran, pero ellos también debían comprender mi punto de vista y mi sentir. Sabía que me iba a volver loco si continuaba allí con ellos, siendo tratado como un sujeto totalmente dependiente por tener que moverme en silla de ruedas, y casi como a un retrasado mental por mi problema de memoria.
Eulalia me escuchaba muy atentamente. Dije todo esto de palabra, sin usar las manos. Sin embargo, ella me respondió escueta y cálidamente en lenguaje de signos: "entiendo". Entonces supe que de ahí en adelante todo iba a marchar bien.
Continúa...
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Devofic
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