sábado, mayo 29, 2010

LA HUIDA (Parte 9)

Salimos del baño y dimos un paseo por el recinto. No podíamos volver a casa tan pronto. Yo creía que Lidia iba a estar asustada o incómoda por verse en esa situación, sentada en una silla de ruedas como su madre lo estaba y como lo había estado su tía, pero parecía que no. Ni siquiera sentía un mínimo malestar por estar ocultándoles la verdad a sus padres.

Mientras paseábamos, me fijé en cómo la miraba la gente. Me di cuenta de que sentían verdadera pena de ella. Probablemente pensaban que mi esposa era paralítica de una pierna y que intentando caminar sin bastones se había lesionado la pierna sana. Lo que la gente no podía imaginar era que en realidad el problema consistía en algo mucho peor.

Cuando regresamos a casa les dijimos a mis suegros que el médico había prescrito a Lidia quince días de reposo y que terminados éstos, debía pasar de nuevo por la consulta antes de apoyar el pie en el suelo.

Yo no estaba muy seguro de que Lidia pudiese inventar nuevas excusas para mantener a flote su mentira una vez pasado este tiempo, pero decidí dejar en sus manos la resolución de todo aquél jeroglífico.

Por supuesto, Lidia no pudo volver a la tienda en muchos meses. Transcurridos los quince días de “convalecencia” mis suegros acabaron enterándose de todo, pues por más que mi mujer intentó caminar ayudada por un par de muletas axilares que en teoría el médico le había prescrito hasta que su “lesión” sanara por completo (esa fue su estrategia para tratar de alargar su impostura), las piernas no le respondían apenas y era obvio que ese problema no se debía a ninguna torcedura de tobillo. Además, para su desgracia, mis suegros conocían perfectamente la sintomatología de la enfermedad familiar, con lo cual era imposible que no estuvieran viendo lo que la mamá de Lidia había visto en su hermana y lo que mi suegro había podido ver en su esposa.

Se armó un gran revuelo en casa y los dos se sintieron ofendidos por la falta de confianza demostrada por mi mujer. Pero también se molestaron conmigo por haber actuado como cómplice de ella. Como si eso pudiera haber cambiado en algo las cosas... pero en fin, así fue y en realidad no les faltaba algo de razón al enfadarse tanto con nosotros.

A raíz de esto, Lidia y yo decidimos buscar una casa propia. La convivencia se había hecho muy difícil con sus padres, máxime cuando, de mutuo acuerdo, mi mujer y yo decidimos que entre los dos atenderíamos la mercería, pues Lidia, al estar supeditada ahora a la silla de ruedas no podía manejarse sola en la tienda.

Mi suegro no entendió por qué no dejábamos el negocio en sus manos (acababa de jubilarse y decía que él podía ayudar a Lidia). Pero nosotros no quisimos, porque mi mujer decía y repetía que no quería acabar como su tía y su madre habían acabado: encerradas en casa, completamente dependientes y aisladas del mundo. Y como yo creía que tenia razón, la apoyé en todo.

Continúa...

------------------------------