lunes, julio 05, 2010

LA HUIDA (Parte 10)

Medio año después, ya vivíamos en nuestro propio domicilio. Era una vivienda unifamiliar, no muy grande pero con espacio suficiente para los dos. Se podría decir que en ese momento comenzaba a vivir la mejor etapa de mi vida.

La casa, por supuesto, la compramos completamente adaptada a las necesidades de Lidia. Ella aún tenía sus brazos bien y se manejaba en la silla de ruedas manual con soltura. Como no se resignaba a que sus miembros inferiores se atrofiaran con la misma rapidez con que le ocurriera a su madre y a su tía, asistimos a varias consultas con médicos rehabilitadores para que le prescribieran un plan de mantenimiento, y el que más nos convenció es el que decidimos poner en práctica. Por lo tanto, cada día, Lidia pasaba media hora haciendo ejercicios y estiramientos musculares con mi asistencia, y otra media hora moviéndose por la casa con órtesis y caminador. Ni un solo día dejó de hacer sus ejercicios y según los médicos, era la mejor manera de mantener en perfecto estado su salud general.

Los padres de Lidia, por su parte, nos retiraron la palabra cuando nos fuimos de su casa. Dijeron estar muy ofendidos con nosotros por haber abandonado el hogar de aquella forma, pero a pesar de que nos dolía mucho esta actitud, ni mi mujer ni yo dimos nuestro brazo a torcer, pues creíamos firmemente en que el modo de vida que hubiésemos llevado de seguir allí, era perjudicial para la independencia y la salud de Lidia.

Durante cinco años más continuamos con la mercería, hasta que a mi mujer le surgieron los primeros síntomas de su enfermedad en los dedos de las manos. Le era demasiado difícil manejar las piezas pequeñas con las que trabajábamos, y decidimos traspasar el negocio.

Para ese entonces ella aun continuaba con su plan de ejercicios, no se rendía y era maravilloso verla deambular con los bitutores cada noche, un rato antes de cenar. Luego se tumbaba en la cama y yo le masajeaba sus piernas inertes y le practicaba los estiramientos con sumo cuidado. Cuando terminábamos, le acercaba su silla y la ayudaba a transferirse, pues solía estar muy cansada ya a esas horas.

A las pocas semanas de traspasar la tienda, yo conseguí trabajo como encargado en un almacén mayorista de tejidos. Mientras, Lidia se quedaba en casa y trataba de llevar su problema lo mejor que podía. Decía que le hubiese gustado mucho tener hijos, pero que entendía que con una enfermedad degenerativa como la suya era una locura arriesgarse. A mí, la verdad, no me hubiese importado, yo me sentía capaz de cuidar de ella y de una hija en sus mismas circunstancias, pero sabía que en el fondo y mirado desde el sentido común, Lidia tenia toda la razón.

Continúa...

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