Varios años después -cinco, tal vez seis- Lidia, en acuerdo con sus médicos rehabilitadores, asumió que había llegado el momento de empezar a utilizar una silla de ruedas con motor. Anteriormente ninguna de sus familiares enfermas había usado una silla de este tipo, pero ella tenía muy claro que si quería conservar una mínima independencia debía hacerlo así. Ahora que puedo verlo con perspectiva me doy cuenta de que ese y no otro fue el momento en el que empecé mi nueva vida.
Un viernes a la mañana Lidia recibió su silla de ruedas eléctrica. Había llamado su ortopeda de confianza para informarle de que ya la tenía en la tienda, que podíamos pasar a buscarla cuando nos fuera bien. Lidia le comentó que yo no estaba en casa y que no podía acompañarla, pero además le dijo que el problema, aunque yo estuviera, es que no podríamos volver con ella en nuestro vehículo, pues aún no teníamos la furgoneta que pensábamos comprar para poder desplazarnos cómodamente con la silla electrónica.
El ortopeda entonces se brindó a acercársela a casa, y así lo hizo.
Cuando yo regresé del trabajo me encontré a Lidia sentada en su nueva silla, yendo de un lado para otro sin esfuerzo. Se la veía feliz y yo volví a sentir aquél cosquilleo particular que comenzaba en mi estómago y que me recorría el cuerpo, cuando unos metros más allá contemplé su vieja silla, su silla manual, en una esquina del salón, vacía.
Recuerdo perfectamente cómo, con disimulo y mientras elogiaba el nuevo adminiculo que iba a llevar a mi mujer de un lado a otro, me senté en su antigua silla. Ella no le dio la más mínima importancia, pero yo sentí un desahogo indescriptible. Desde mi más tierna adolescencia había deseado ocupar aquél lugar, desde que viera por primera vez la silla de la tía Dora (ya desvencijada, por cierto, y sustituida por varias otras en servicio a mi esposa). En mis más recónditas fantasías me veía usando una silla como aquella, al lado de mi esposa, mi guapísima y adorada esposa. Pero sólo en mis sueños, pues nunca jamás se me había ocurrido perpetrar tamaña falta de respeto hacia mi mujer, hacia su madre o hacia cualquiera que no tuviera más remedio que movilizarse de esta forma. Desde la tarde aquella en que fugazmente ocupé el lugar de la tía Dora mientras ésta dormía plácidamente en su cama, no había vuelto a repetir semejante hazaña.
Ahora, sin embargo, lo había hecho. Allí estaba, sentado en la silla de ruedas manual que mi mujer había dejado vacante por no poder manejarla apenas ya con sus brazos. Y no me sentía culpable, no sentía otra cosa más que placer. Y ella me miraba, sin saber qué era lo que estaba ocurriendo dentro de mí, y sin darle la más mínima importancia a mi gesto, sólo contenta de tener su nueva silla, la que le evitaría esfuerzos inútiles y con la que podría desplazarse por su cuenta por el barrio, cosa de la que hacía ya muchos meses que no había podido volver a disfrutar.
Esa noche me fui a dormir y soñé cosas que nunca hubiese confesado a Lidia ni a nadie.
Continúa...
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martes, julio 13, 2010
LA HUIDA (Parte 11)
Publicado por
Devofic
en
3:34 PM
Etiquetas: admiración, enfermedad progresiva, silla de ruedas
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