A las pocas semanas conseguimos la furgoneta que necesitábamos y con la que podríamos desplazarnos con libertad, y en cuanto llegó el verano decidimos irnos de vacaciones a la costa. Alquilamos un apartamento adaptado y cargamos un buen montón de equipaje, pues mi mujer continuaba con su rutina de ejercicios y estiramientos, aunque ahora ya con las ortesis no caminaba, sólo se mantenía en pie agarrada al caminador. Pero aun así, era importante que lo hiciera. También cargamos la silla manual, por si surgía algún contratiempo con la eléctrica o hubiese algún rincón del apartamento de difícil acceso con ella.
Estábamos como locos de contentos, pues aunque no eran nuestras primeras vacaciones en la playa, sí eran las primeras desde que habíamos traspasado la mercería, y no nos íbamos con mala conciencia de dejar el negocio cerrado.
Ante todo he de decir que lo que ocurrió en esas vacaciones no fue premeditado, simplemente ocurrió. Sólo fue un paso más hacia algo que, visto desde ahora, sé que era inevitable que sucediese.
Llegamos a la pequeña población costera donde habíamos alquilado el apartamento y en cuanto estuvimos frente a la oficina que gestionaba la vivienda, el gerente se acercó a nuestro vehículo y con una sonrisa cómplice nos hizo señas para que no estacionásemos ahí, sino en el aparcamiento reservado que se encontraba unos metros más allá, más cercano a la puerta de entrada al vestíbulo.
Obedecí, y cuando quise terminar de aparcar, tenía a un empleado al lado de mi ventanilla asegurándome que estaba allí para lo que necesitásemos. Le respondí que no haría falta, pues ya estábamos acostumbrados a manejarnos con todo el trajín nosotros solos. Me sonrió, miró a Lidia, que se hallaba en la parte de atrás del vehículo sentada en su silla de motor, y de pronto me preguntó:
-¿Le acerco su silla, señor?
-¿Cómo?
-Digo... si le acerco su silla, la de usted. Debe ser ésta otra, ¿no? - y señaló la silla manual, que se encontraba plegada y encajada entre el sitio que ocupaba mi mujer y uno de los laterales de la furgoneta.
Me quedé perplejo. Miré a Lidia, entre azorado y sorprendido.
-No -dije-, no hace falta, yo...
-Para eso estoy aquí, señor. Le echo una mano.
Y mientras dijo esto, ya había agarrado el adminículo y lo había desplegado junto a mi puerta.
Quedé desconcertado. Mi mujer, sin embargo, reía sonoramente.
-No -traté de decir de nuevo-, yo no necesito...
-Bien -dijo entonces el muchacho, y daba la impresión de estar algo contrariado- si le parece mejor, me marcho. Pero no dejen de avisarme si necesitan ayuda de cualquier tipo.
No me dio tiempo a decir nada, pues el empleado dio media vuelta y comenzó a alejarse con rapidez.
Miré a Lidia, ella me devolvió la mirada. Parecía divertida.
-No sé qué te hace tanta gracia -respondí.
Ella rió más.
-Te han confundido... ¡Creen que también eres discapacitado!
-Ya, ya lo he visto...
-¿Y no te parece divertido?
-Pues... no, no especialmente.
Lidia ensayó una sonrisita pícara y añadió:
-Bueno, después de todo ser así tampoco es tan malo. Hay cosas peores con las que te podrían confundir, ¿no crees?
Continúa...
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martes, agosto 03, 2010
LA HUIDA (Parte 12)
Publicado por
Devofic
en
4:36 PM
Etiquetas: caminador, ortesis, silla de ruedas
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