lunes, agosto 09, 2010

LA HUIDA (Parte 13)

No pude decirle a Lidia que eso era cierto, que por supuesto habían cosas muchísimo peores que ser o parecer discapacitado, porque ella en ese mismo instante perdió el sentido. Simplemente, su mirada quedó suspendida en la nada y, si hubiese estado de pie, habría caído redonda al suelo.

Tardé varios segundos en percatarme de que había quedado inconsciente, de que no se despertaba. Respiraba, pero estaba completamente ida. Traté de hacerla volver en sí y en cuanto me di cuenta de que no podía, recogí la silla manual que estaba junto a mi portezuela, la puse en el asiento contiguo, y salí lo más rápido que pude hacia el hospital más cercano.

Supongo que lo más lógico hubiese sido entrar a la oficina a preguntar dónde quedaba situado, pero con el susto ni lo pensé, y después de preguntar a varios transeúntes, uno de ellos se ofreció a acompañarnos, viendo que era una urgencia y que ambos estábamos impedidos.

Sí, eso fue lo que aquél vecino creyó también al ver la silla plegada en el asiento contiguo. Le dije que la pusiera detrás, si era tan amable, para que pudiera sentarse. Realmente no sé por qué no me levanté y la puse yo. Supongo que porque las cosas vinieron rodadas, porque en el fondo algo me decía que debía hacerlo así.

Cuando llegamos al hospital estacionamos frente a la puerta de urgencias y el hombre salió veloz a pedir ayuda. Al cabo de un momento, Lidia estaba siendo atendida por el personal sanitario y el amable transeúnte sacó “mi silla” de donde la había colocado y me la puso al lado de la puerta. Sin pensármelo dos veces me transferí a ella, tratando de no hacer el más leve movimiento con mis miembros inferiores.

Mientras mi mujer había sido introducida en un box para ser revisada, un médico me interrogó sobre los detalles del síncope. Se lo expliqué lo mejor que puede, él lo anotó todo y después trató de serenarme.

Al cabo de unos minutos apareció otro doctor ya con noticias de Lidia: había despertado pero estaba algo confusa. Me dijo que aún debían practicarle varias pruebas para conocer las causas que habían producido el desvanecimiento, pero que si no había de qué preocuparse y seguramente así sería porque la confusión parecía deberse más bien al estrés de haber despertado en un hospital rodeada de médicos que a alguna causa neurológica, en unas horas podríamos salir de allí. También me dijo que si lo deseaba podía pasar a verla.

Le di las gracias al doctor y antes de ir al lado de mi esposa me dirigí a la sala de espera, donde todavía aguardaba al caballero que nos había acompañado. Le comuniqué lo que el médico que había dicho sobre el estado de Lidia y agradeciéndole su ayuda, le dije que no era necesario que permaneciese allí, pues en un rato seguramente nos marcharíamos sin más problema.

Continúa...

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