Acto seguido me propuse rodar hasta el box donde se encontraba mi mujer, sin saber todavía que nunca llegaría a allí. Sentía un ligero cosquilleo en el estómago, me movía en la silla de Lidia por los pasillos del hospital como si toda la vida me hubiera desplazado de ese modo y, sin pensármelo mucho, me detuve frente al ascensor.
Subí a la primera planta y paseé por los pasillos. Luego a la segunda y después a la tercera, e hice lo mismo. No sé cuanto tiempo me mantuve deambulando por el centro sanitario, dilatando aquellos minutos de intensísimo placer, porque sabía que no podía presentarme delante de mi esposa de esa forma. Y a pesar de saberlo, algo más fuerte que yo me impedía levantarme y continuar mi camino andando.
Hubiese sido fácil meterme en alguno de los baños y simplemente salir empujando la silla. En un hospital no sería extraño ver a alguien conduciendo una silla de ruedas vacía... pero no podía... o no quería, no lo sé muy bien. Solo sé que la solución para mí fue marcharme de ese lugar por la puerta principal, rodar por el exterior hasta la zona donde había dejado aparcada la furgoneta, subirme a ella y dirigirme a nuestro apartamento.
Una vez instalado en él y después de haber dado las pertinentes explicaciones en la oficina sobre lo acaecido con mi esposa y advertir que sólo pasaría en el establecimiento esa noche, llamé a Lidia. La encontré asustada y casi presa de un ataque de nervios. Con toda la razón me preguntaba por qué no estaba en el hospital con ella.
Le dije una verdad a medias. Le conté que los doctores me habían dicho que iban a hacerle una batería de pruebas y que posiblemente se quedaría ingresada esa noche. Luego le mentí con descaro y le prometí que en un par de horas estaría junto a ella.
Pero lo que hice fue otra cosa. Lo que hice fue rodar hasta el cuarto de baño y darme una ducha sentado en la banqueta blanca que hubiese usado Lidia. Lo que hice fue asearme sin ponerme ni un segundo en pie, sin mover un sólo musculo de mis extremidades inferiores, disfrutando de mi nueva condición. Lo que nunca me había atrevido a hacer en más de diez años de convivencia con una familia de inválidos, lo estaba haciendo en ese momento allí, solo, frente al espejo, en aquél pueblo costero donde nadie me conocía excepto mi mujer. En un segundo, sin saber exactamente a qué se debía, había cambiado por completo mi percepción de lo que quería y debía hacer en la vida, y estaba decidido a seguir con ello.
Continúa...
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domingo, agosto 29, 2010
LA HUIDA (Parte 14)
Publicado por
Devofic
en
4:40 PM
Etiquetas: silla de ruedas, simulación
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2 comentarios:
Bellisimo relato! Me encanta la pasion con la que disfrutó su invalidez. Espero seguir leyendo lo que seguramente hará y disfrutará.
Muchas gracias por tu comentario. Me alegra enormemente que la historia sea de tu agrado.
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