Nos encontrábamos a mediados de Julio, plenas vacaciones para nosotros, cuando Eulalia pasó a recogerme por casa un mediodía y me entregó una caja envuelta para regalo. Era una caja pequeña y me indicó, antes de que yo la abriese, que en realidad era un regalo para ambos. Deshice el pequeño lazo y en el interior descubrí un flamante par de audífonos. La miré sorprendido. Eulalia sonrió de aquella manera tan radiante y tan suya, y me contó su plan.
Me explicó que los audífonos eran para mí, si yo los quería. Que había pensado, si a mí no me parecía mal, explicar que estaba aquejado de una enfermedad coclear progresiva si alguien preguntaba acerca de ellos. Yo, la verdad, no supe muy bien qué responder, y Eulalia, ante mi silencio, se apresuró a decir que si lo prefería, podía usarlos ella... pero que sería mucho más difícil explicar a su madre, al alumnado y a todos aquellos con quienes le unía una relación personal o profesional de años, el hecho de no haber comentado nunca antes “el problema”, máxime trabajando con personas en la misma situación.
Me concedí unos segundos para calcular si no sería demasiado arriesgado para mí asumir una nueva discapacidad, algo tan grave como la falta del oído, pero enseguida me di cuenta de que no sólo no me desagradaba la idea sino que su reto me estaba resultando de lo más estimulante. A pesar de todo creí prudente oponerme por razones éticas, y así se lo hice saber a Eulalia.
Ella, en un primer momento, sopesó mi argumentación. Estuvo de acuerdo en que tal vez fuera una locura, pero luego, ella misma fue ahondando en la idea de que no había nada inmoral en hacer eso, puesto que no dañábamos a nadie. Al contrario, que para los chicos de la escuela sería maravilloso comprobar cómo una persona con el mismo problema que ellos y aun otro igual de grave o más, estaba totalmente integrado en la sociedad y era completamente autónomo. Todo esto, por supuesto, si a mí la idea me gustaba. Si a mí me parecía bien iniciar esa aventura en la que los dos íbamos a disfrutar de nosotros mismos y a la vez íbamos a ser una inspiración para la gente.
Tardé algunos minutos, pero finalmente le dije que sí. Entonces Eulalia se sentó sobre mis rodillas y me abrazó fuerte. Nos besamos apasionadamente. Después hice rodar mi silla hasta el dormitorio y así entramos juntos en él. Algo muy poderoso nos unía a partir de ese momento, y era evidente que ambos pudimos sentir esa unión en lo más profundo de nosotros mismos.
Continúa...
------------------------------
domingo, noviembre 28, 2010
LA HUIDA (Parte 20)
Publicado por
Devofic
en
1:40 PM
Etiquetas: audífonos, silla de ruedas, simulación
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


2 comentarios:
Interesante. Me gusta... Por favor lleva todas estas historias al facebook. Seria uno d tantos en agregarme... Saludos desde Venezuela
Ya terminé de leer todos tus escritos. Me gustaron, pero "La Huida" es por mucho el mejor. ¡Me tiene totalmente atrapada!
Publicar un comentario en la entrada