lunes, diciembre 27, 2010

LA HUIDA (Parte 21)

Por la tarde, Eulalia me mostró cómo colocarme los audífonos correctamente. Por supuesto, carecían de baterías y con ellos mi nivel de audición era bastante menor de lo habitual al quedarme taponados los orificios de ambos oídos. Convinimos que eso era bueno para mí, pues de ese modo me sería más fácil situarme en mi papel de hipoacúsico.

Una vez ya con los aparatos colocados en mis orejas, Eulalia me echó un vistazo general y volvió a besarme. Me dijo que lucía maravillosamente, y me lo dijo en lenguaje de signos. Yo se lo agradecí de la misma manera, y le dije que esa nueva aventura la iniciaba básicamente por ella, por la gran generosidad que había mostrado conmigo al darme un puesto de trabajo en mi situación, por sus preciosos sentimientos hacia mí; pero sobre todo, porque me volvía loco verla hablar con las manos, como ella ya bien sabía.

Eulalia rió sonoramente, me volvió a abrazar y me dijo que nunca había sido tan feliz en su vida.

Las semanas posteriores fueron de ensueño. Salimos de vacaciones sólo siete días, pues Eulalia no podía dejar a su madre sola demasiado tiempo. Antes de partir, le explicó mi "problema de hipoacusia" para que no se extrañara cuando de pronto me viera con audífonos. Le contó que no se lo había dicho antes para que no pensara que se estaba introduciendo en una relación demasiado complicada, pero que ahora que ya era una relación más que formal, pensaba que debía saberlo. Le explicó también que me había enseñado el lenguaje de signos puesto que mi enfermedad coclear era progresiva y no estaba de más que lo conociera, aparte de que así podía comunicarme perfectamente con los alumnos.

Mi futura suegra se quedó bastante asombrada. Según me contó Eulalia, lo primero que dijo es que yo no parecía en absoluto una persona con un problema de audición, que debía de saber leer los labios realmente bien, pues las veces que habíamos coincidido, ella no había notado mi problema en absoluto. Eulalia, por descontado, le dijo que así era, que ya llevaba bastante tiempo con este handicap y que por eso estaba más que acostumbrado a seguir las conversaciones de ese modo, y que de toda formas, como yo era bastante tímido, cuando no comprendía alguna cosa no solía preguntar. La mujer sólo añadió algo así como que yo merecía todo lo bueno que me pasara en la vida, ya que el destino me había puesto delante pruebas muy difíciles de superar y que se alegraba de que Eulalia, que tenía un corazón tan grande y entendía tan bien a las personas con una problemática como la mía, estuviera a mi lado.

Después nos fuimos de vacaciones al mar.

Continúa...

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