viernes, julio 01, 2011

LA HUIDA (Parte 23)

Durante esos días tuve la ocasión de comprobar cómo la gente, debido a mi problema auditivo, apenas me dirigía la palabra. Se quedaban atónitos mirándonos a mi novia y a mí comunicarnos en lenguaje de signos. Era evidente que la causa de su asombro no era únicamente porque yo fuera sordo, sino porque fuera sordo y parapléjico al mismo tiempo. La verdad es que casi todo el mundo, tanto en la calle como en los establecimientos a los que entrábamos, era extremadamente amable y servicial con nosotros. A Eulalia se la veía encantada en su papel de pareja de una persona con minusvalía, y a mí, qué decir, nunca antes me había sentido tan querido y tan cuidado.

Lo que no podía imaginar es que el destino, que hasta ese instante me había sonreído tan abiertamente en mi aventura, no me lo iba a seguir poniendo fácil. La penúltima noche que pasamos en aquella localidad costera, mis planes y mi nueva vida estuvieron a punto de perder el equilibrio por completo.

Eulalia, sin más ni más, me pidió en matrimonio. Me quedé helado. Nos encontrábamos en una terraza dando cuenta de sendos combinados de frutas, cuando ella, moviendo sus manos de esa manera atractiva y sensual tan suya, me preguntó si quería casarme con ella.

Entendí perfectamente su pregunta, pero como quedé tan impactado, fruncí el entrecejo, tosí y se la hice repetir con la intención de concederme unos instantes para encontrar algo coherente que decirle. Eulalia sonrió tan seductoramente que el corazón empezó a latirme a velocidad de vértigo. Esta vez, ella habló con las manos, igual que había hecho antes, pero elevó el tono de voz para que no me quedaran dudas.

Dudas no me quedaron, pero tuve que decirle que me hallaba perplejo ante su propuesta por lo repentino de la misma, y que me sentía, además, muy halagado, pero que pensaba que unirnos en matrimonio era algo que debíamos sopesar largo y tendido, pues en mi situación yo no iba a resultar precisamente un marido perfecto.

Eulalia no aflojó su seductora sonrisa en ningún momento, y me respondió que un marido perfecto no era lo que quería. Que me quería a mí, tal como era. Con mi problema de movilidad, con mi necesidad de apoyo físico y moral, pero también con mi complicidad y mis deseos de disfrutar de la vida.

Entonces no pude menos que recordarle que además de una paraplejia, el accidente me había dejado como secuela una amnesia completa. Que no sabía nada de mi vida anterior, excepto lo que me habían explicado, e insistí en que eso era duro.

En los ojos de Eulalia se reflejó de pronto una mezcla de compasión, entendimiento y dulzura, que me hizo tener la completa seguridad que nada malo iba a suceder si por culpa de aceptar su propuesta salía a la luz mi antigua relación con Lidia. Sabía que podría hallar la forma de justificar ese pasado y mi silencio sobre él.

Seguidamente nos abrazamos.

Continúa...

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1 comentarios:

Anónimo dijo...

Felicitaciones! Cada vez mas... Se torna mas interesante.... Espero el proximo capitulo....