viernes, octubre 21, 2011

LA HUIDA (Parte 24)

Por la mañana, Eulalia quiso ayudarme en mi aseo. Era nuestro último día de vacaciones y dijo que quería mimarme como si fuera una madre para mí. Me hizo reír y le contesté que ya que no podía recordar a la mía, sus cuidados me iban a resultar encantadores. Mi novia entonces se puso seria y me dijo que lo sentía mucho. Yo le quité importancia con un gesto y me dejé hacer. Permití que me ayudara a transferirme de mi silla a la silla de la ducha, y que me enjabonara de arriba a abajo. Después de esto nos besamos. Ella también estaba desnuda y se sentó sobre mis piernas, que "por fin se habían relajado", e hicimos el amor.

Durante el almuerzo retomamos el tema de nuestros planes de matrimonio y aproveché para explicarle que yo, en realidad, ya estaba casado. Eulalia abrió unos ojos grises y enormes ante mi repentina confesión. Le dije que no se lo había contado antes porque, en primer lugar, no recordaba nada de ese matrimonio, y en segundo lugar no había encontrado el momento oportuno para revelárselo. Mi novia pareció algo decepcionada, pero enseguida hallé la manera de comprendiera mis motivaciones. Le conté que después de despertar del coma para mí todo estaba más que confuso. Que la gente que me rodeaba, es decir, mis padres, mis suegros, mi esposa, eran personas completamente extrañas para mí. Que pasé algún tiempo tratando de adaptarme a ellos, tratando de sentir algo por ellos, pero no lo lograba. Que no supe encontrar ningún vínculo que me uniese a esas personas que decían ser mi familia, ni ninguna clase de afecto.

-Yo continuaba en el hospital y ellos venían a diario, me contaban cosas de su rutina y de la que había sido la mía hasta el momento del accidente, y yo no sentía ningún apego hacia nada de lo que me explicaban, para mí era como si me estuvieran contando la vida de otra persona. Veía a mi esposa y no la conocía, era como si la primera vez que hubiese hablado con esa mujer hubiera sido el día en que salí del coma. Lo mismo me ocurría con mis padres y con los que decían ser mis amigos. Así pues, en cuanto abandoné el hospital y pude valerme por mí mismo, decidí comenzar una nueva vida. Ellos no lo comprendieron. Intentaron retenerme sirviéndose de los argumentos más pueriles, aunque totalmente comprensibles dada la situación: que una vida totalmente independiente iba a resultar muy difícil para mí, que yo debía estar donde mi familia estaba, etcétera. Sin embargo, sus charlas no obraron efecto. Yo no me consideraba un inválido, como ellos pretendían. Yo no sentía que esas personas fueran mi familia, como trataban de hacerme ver. Sé que tenían razón porque en verdad lo eran, pero ellos también debían comprender mi punto de vista y mi sentir. Sabía que me iba a volver loco si continuaba allí con ellos, siendo tratado como un sujeto totalmente dependiente por tener que moverme en silla de ruedas, y casi como a un retrasado mental por mi problema de memoria.

Eulalia me escuchaba muy atentamente. Dije todo esto de palabra, sin usar las manos. Sin embargo, ella me respondió escueta y cálidamente en lenguaje de signos: "entiendo". Entonces supe que de ahí en adelante todo iba a marchar bien.

Continúa...

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